jueves, 12 de mayo de 2011

Estrés mañanero

Comienza la pelea de cada día: conseguir atar la bicicleta lo más cerca posible de tu facultad. Llegas con dos minutos de margen. Tu clase comienza a las 9 a.m. y faltan tan sólo dos minutos para que el profesor de comunicación audiovisual cierre la puerta. Esto significa que habrás madrugado para esperar sentada en la cafetería.

Suena el despertador y piensas en la mala suerte que tienes por ser miércoles y comenzar las clases tan pronto. “Es por mi bien” es el próximo pensamiento que te acompaña. Por más que te cuesta te levantas. Bajas tres plantas para conseguir una taza con un poco de leche mezclada con agua. “Así hay más y encima desnatada” fue la contestación de una de las hermanas al preguntarle por qué vertía agua en la leche.

Tras saludar a quince o veinte compañeras consigues evitar a las suficientes  como para poder llegar a tu habitación. Te aseas. Coges la mochila. Cierras la puerta y buscas la llave de tu habitación, que nunca sabes dónde la has dejado. Bajas otra vez los tres pisos y te diriges al cuarto de las bicicletas. Ves que la tuya está contra la pared, pero enseguida te das cuenta de que otras tres bicicletas están encima de la tuya. Consigues hacer acrobacias suficientes para cogerla, metes tu mochila en la cesta, dejas la llave y te vas.

Avenida Roncesvalles nº 1, un grupo de chicos y chicas jóvenes van a clase y tú intentas esquivarles. Lo consigues, pero uno de ellos te ha hecho la gracia de siempre: se pone delante hasta el último instante y consigue ponerte nerviosa. Llegas al Corte Inglés donde giras a mano izquierda para poder llegar hasta la estación de autobuses. Éste es el peor tramo. Cinco señores mayores, con sus cachabas van hacia el kiosco. Se entrometen en tu camino. Tocas el timbre. No se inmutan. Pasas a una velocidad moderada a su lado. Les dejas atrás pero les escuchas gritarte: “¡Con cuidado hombre!”.

Una mujer apurada y con prisas, que lleva una maleta en las manos, va haciendo zigzag por la acera. Impide tu paso. Llevas prisa, intentas esquivarle pero parece una misión imposible. Tuerces el manillar de la bicicleta hacia la derecha, ella se mueve hacia la derecha de la acera; lo giras hacia la izquierda y la mujer de la maleta se desplaza hacia la izquierda. Piensas que eso no puede estar pasándote a ti así que finalmente elevas tu tono de voz y pides paso.

Por fin has conseguido pasar ese gran tramo de obstáculos, crees que ya esta todo, pero no. Llegas al paso de peatones de la estación de autobuses. Allí te cruzas con más maletas que personas, algún carrito de bebé, un grupo de señoras mayores, unos adolescentes que se dirigen a clase y algún que otro empresario trajeado. Tan sólo tienes la opción de salirte del trazado para peatones y meterte en la zona reservada para vehículos. Ahí es cuando ves cómo todos los conductores te miran con cara de espanto. Consigues pasar esa selva urbana y llegas por fin a tu zona reservada: el carril bici.

Continúas todo el carril bici por la calle Esquíroz y llegas a la gasolinera  que pone fin a esa larga vía urbana. Allí hay un paso subterráneo, donde una cuesta bastante pronunciada es tu camino ideal. Comienzas a bajarla. Tan sólo se te ocurre  enfadarte porque recuerdas que tu bicicleta no tiene frenos. Aprietas con fuerza las manetas de freno pero no obtienes resultado. Apoyas el pie, te quema la suela pero tampoco consigues frenar. Te ves en el final de la cuesta, con tres escalones por medio. Bajas los escalones a toda velocidad como puedes. Observas que no te has caído y sigues bajando la cuesta de la universidad. Intentas no llevarte a nadie por medio.
Por fin estás es la universidad. Pero divisas desde el parking que el aparcamiento de bicicletas está completo. Se te ilumina la cara y sonríes cuando ves que hay un hueco, sólo uno. Por fin consigues atarla, tras los problemas con el candado. No llega, no puede atarlo como deseas, pero finalmente lo has hecho. Ahora es una carrera hasta clase. Saludas a los bedeles y por fin entras en clase. Es un estrés que te acompaña día a día, pero es el encanto de Pamplona y su carril bici. 

Mi paraíso infantil

Podría comenzar escribiendo por cualquiera de los múltiples miedos que tengo, pues soy una chica bastante 'miedica', temo a ir sola por la calle, a la oscuridad, al dolor y a otras infinitas cosas, pero lo que más me aterra en esta vida es muy sencillo, el futuro.
Lo que me produce esa sensación odiosa en el estómago no es el futuro que tendré ni nada por el estilo, sino el paso del tiempo. Es pánico a que llegue un día en el que mi cara esté arrugada, la piel caída y una mirada perdida.... me aterra el hecho de crecer, pues ya he dado el primer paso, y es que aquí realizo mis estudios lo cual significa que ya no vivo en casa. A cualquiera le parecerá algo magnífico y gritará “¡por fin se acabaron las malas caras de los padres!”, pero no,  no pienso así, me alegro cuando mi padre me refunfuña porque en el fondo significa que quiere lo más seguro para mí, pues todavía sigo siendo esa pequeña niña que apareció en su vida hace dieciocho años.
A día de hoy me encuentro en mi habitación, en mi nuevo hogar, a punto de bajar a cenar, pero no tendré el placer de comer la tortilla de mi madre o la merluza de mi padre, sino lo que tengan preparado para mí y para otras 80 chicas más. Cualquiera pensará que vuelvo los fines de semana a casa, y sí, efectivamente lo hago, pero ya nunca será igual. Si soy afortunada y encuentro un trabajo al salir de esta universidad, puede que eso signifique que no volveré a mi hogar, la pequeña casa de ciudad en la que me crié junto a mis padres y mi hermana, en la que hemos compartido buenos y malos momentos.
No, esto jamás será así de nuevo. Puede que de aquí a cuatro años cuando salga de la universidad y me encuentre en mi nueva casa, con mi nueva habitación, me estaré planteando de nuevo lo mismo... ¿dónde se quedó la niña de antes? Poco a poco crezco, lo noto, tanto física como mentalmente, y es que hay ocasiones en las que tan sólo desearía ser pequeña, una linda niña inocente que tan solo piensa en jugar.
Tengo miedo a lo que me pueda esperar en un tiempo, a que el tiempo pase demasiado rápido, que pierda el resto de mi vida haciendo cosas poco útiles y que llegue el día en el que me arrepienta de haberlo perdido tanto, porque mi madre siempre lo ha dicho: “El tiempo vale oro”. Y qué razón tenía, efectivamente, vale todo eso y más, y debemos aprovecharlo, pero nunca sabrás lo que se aproxima en esta vida, es ese futuro tenebroso, que no sabemos por dónde aparecerá ni qué sorpresas traerá.
Debo de afrontarlo, y dejar que el tiempo pase, porque de forma relajada pasa, sigue su curso, no te hace caso…simplemente pasa cerca tuyo....el tiempo pasó, no lo notaste y él a ti tampoco, pero pasó.

Why?

Un gran vacío hay en mi habitación. Repleta de cosas, gente que entra y sale sin importar su identidad. Tan sólo se respira un aire cargado de estrés, agonía y una gran cantidad de desesperación. Es como una habitación sin salida, de la que sabes el día que llegas pero no el que te vas.
Es como si un candado gigante mantuviera la puerta atrancada durante días y semanas y meses. Esto parece interminable, uno detrás de otro. No paran de llover exámenes, aunque no veo los buenos resultados. Día tras día madruga para ir a clases, desesperarte por la falta de compañía , tu gente no está, quien más necesitas tampoco. Y para colmo tu vida está llena de problemas. Uno detrás de otro. Todo parecía perfecto, allá, aquel día soleado en el que todo se veía rosa, pero poco a poco, el negro fu entrando en mi vida, y ahora está encubierta por una pequeña capa que en cuanto me quedo sola me envuelve con sus frías telas y me hace pensar en todas esas cosas. Esas en las que ni yo ni nadie queremos malgastar el tiempo. ¿Por qué? Esa es mi pregunta.

LA ignorancia infantil

Valorarse a uno mismo debería ser lo más importante en esta vida, pero, ¿qué pasa si no estás satisfecho con tu ser físico? ¿Es que acaso debo simular que si lo estoy? 
Siento ofender a alguien cuando me niego a reconocer que me gusta lo que en realidad no me gusta. No me repugna ni me produce arcadas, simplemente no es de mi agrado. 
Creerás que no, pero me has dicho cosas que me han hecho sentir querida u valorada, has visto en mí lo que ni yo misma veo y siempre me has ayudado en todo. 
Un juego de niños es esta vida en la que unos vienen y otros van, pero sus mejores compañeros de juego siempre permanecen.