Comienza la pelea de cada día: conseguir atar la bicicleta lo más cerca posible de tu facultad. Llegas con dos minutos de margen. Tu clase comienza a las 9 a.m. y faltan tan sólo dos minutos para que el profesor de comunicación audiovisual cierre la puerta. Esto significa que habrás madrugado para esperar sentada en la cafetería.
Suena el despertador y piensas en la mala suerte que tienes por ser miércoles y comenzar las clases tan pronto. “Es por mi bien” es el próximo pensamiento que te acompaña. Por más que te cuesta te levantas. Bajas tres plantas para conseguir una taza con un poco de leche mezclada con agua. “Así hay más y encima desnatada” fue la contestación de una de las hermanas al preguntarle por qué vertía agua en la leche.
Tras saludar a quince o veinte compañeras consigues evitar a las suficientes como para poder llegar a tu habitación. Te aseas. Coges la mochila. Cierras la puerta y buscas la llave de tu habitación, que nunca sabes dónde la has dejado. Bajas otra vez los tres pisos y te diriges al cuarto de las bicicletas. Ves que la tuya está contra la pared, pero enseguida te das cuenta de que otras tres bicicletas están encima de la tuya. Consigues hacer acrobacias suficientes para cogerla, metes tu mochila en la cesta, dejas la llave y te vas.
Avenida Roncesvalles nº 1, un grupo de chicos y chicas jóvenes van a clase y tú intentas esquivarles. Lo consigues, pero uno de ellos te ha hecho la gracia de siempre: se pone delante hasta el último instante y consigue ponerte nerviosa. Llegas al Corte Inglés donde giras a mano izquierda para poder llegar hasta la estación de autobuses. Éste es el peor tramo. Cinco señores mayores, con sus cachabas van hacia el kiosco. Se entrometen en tu camino. Tocas el timbre. No se inmutan. Pasas a una velocidad moderada a su lado. Les dejas atrás pero les escuchas gritarte: “¡Con cuidado hombre!”.
Una mujer apurada y con prisas, que lleva una maleta en las manos, va haciendo zigzag por la acera. Impide tu paso. Llevas prisa, intentas esquivarle pero parece una misión imposible. Tuerces el manillar de la bicicleta hacia la derecha, ella se mueve hacia la derecha de la acera; lo giras hacia la izquierda y la mujer de la maleta se desplaza hacia la izquierda. Piensas que eso no puede estar pasándote a ti así que finalmente elevas tu tono de voz y pides paso.
Por fin has conseguido pasar ese gran tramo de obstáculos, crees que ya esta todo, pero no. Llegas al paso de peatones de la estación de autobuses. Allí te cruzas con más maletas que personas, algún carrito de bebé, un grupo de señoras mayores, unos adolescentes que se dirigen a clase y algún que otro empresario trajeado. Tan sólo tienes la opción de salirte del trazado para peatones y meterte en la zona reservada para vehículos. Ahí es cuando ves cómo todos los conductores te miran con cara de espanto. Consigues pasar esa selva urbana y llegas por fin a tu zona reservada: el carril bici.
Continúas todo el carril bici por la calle Esquíroz y llegas a la gasolinera que pone fin a esa larga vía urbana. Allí hay un paso subterráneo, donde una cuesta bastante pronunciada es tu camino ideal. Comienzas a bajarla. Tan sólo se te ocurre enfadarte porque recuerdas que tu bicicleta no tiene frenos. Aprietas con fuerza las manetas de freno pero no obtienes resultado. Apoyas el pie, te quema la suela pero tampoco consigues frenar. Te ves en el final de la cuesta, con tres escalones por medio. Bajas los escalones a toda velocidad como puedes. Observas que no te has caído y sigues bajando la cuesta de la universidad. Intentas no llevarte a nadie por medio.
Por fin estás es la universidad. Pero divisas desde el parking que el aparcamiento de bicicletas está completo. Se te ilumina la cara y sonríes cuando ves que hay un hueco, sólo uno. Por fin consigues atarla, tras los problemas con el candado. No llega, no puede atarlo como deseas, pero finalmente lo has hecho. Ahora es una carrera hasta clase. Saludas a los bedeles y por fin entras en clase. Es un estrés que te acompaña día a día, pero es el encanto de Pamplona y su carril bici.